La paradoja entre amor y deseo

¿Por qué el deseo y la atracción sexual se desvanece incluso cuando tenemos un espacio de intimidad en la relación de pareja? ¿Por qué la transgresión aumenta el deseo y la seguridad de la relación lo disminuye? ¿Por qué perdemos la intensidad pasional cuando tenemos hijos? ¿Es posible que lo que incrementa el amor por nuestra pareja disminuya el deseo? ¿Cuál es la diferencia entre el deseo del enamoramiento y la experiencia de amar?

El amor pide, nuestra necesidad de seguridad, de previsibilidad, de fiabilidad, el anhelo de la permanencia. Estas experiencias son el anclaje de lo que pedimos para construir una familia. Para sentir tranquilidad en la pareja. Pero también el deseo tiene una necesidad igualmente intensa – en hombres y mujeres – por la aventura, por la novedad, por arrojarnos al misterio, por sentir el riesgo con cierto índice de peligro, tenemos un inherente interés por lo desconocido, necesitamos mantenernos vivos en lo inesperado, buscamos la sorpresa para el otro y la esperamos para nosotros mismos.

De este modo quisiéramos conciliar la pasión y el amor en la pareja. Pero el matrimonio es una institución social y económica que fue diseñada para el sustento y la seguridad de los hijos. Para mantener la continuidad del linaje y la propiedad. Pero ahora queremos que se abra a una nueva conciencia: queremos que nuestra pareja sea nuestro mejor amig@, nuestr@ confidente, que nos ofrezca seguridad y continuidad, y a la par se renueve constantemente para que haya novedad y la pasión no se apague. En esta nueva condición aún nos perdemos, pues exigimos con cierta ingenuidad que la pareja nos entregue familiariedad y novedad. Que nos dé seguridad y que haya sentido de avance y progreso. En la pareja buscamos la pertenencia pero perdemos libertad. Queremos continuar en el misterio y la trascendencia del amor pero perdemos el asombro con la previsibilidad y el confort.

La acción que viene con el deseo, es querer tener. En el amor, necesitamos ser, queremos conocer lo amado. En el deseo queremos minimizar la distancia. Queremos resolver esa brecha. Queremos al otro para neutralizar las tensión, la polaridad. Queremos suficiente cercanía para que el otro nos encienda, pero no tanta como para que nos fundamos. El deseo tiende a no volver a los lugares en los que ya se estuvo. En el deseo, queremos un Otro, alguien en el otro lado al que podemos ir a visitar a nuestra voluntad, que podamos ir a pasar algún tiempo para ser envueltos con una energía que noes la propia y nos complementa, en el deseo sentimos un impulso para ver lo qué sucede en ese otro espacio, cargado de otra polaridad. En el deseo, queremos un puente para cruzar. Combustible para nuestro polaridad. El deseo necesita espacio. El amor necesita tiempo.

En el deseo necesito una distancia que pueda salvar con la mirada, con el tacto. No tan cerca como para perder el interés o la intriga, no tan lejos como para perder el contacto. Observar al otro desde su autonomía excita mis sentidos, lo reconozco como una entidad llena de aspectos misteriosos, que se mueve alrededor mío despertando un magnetismo en la relación. En el deseo no te necesito, sólo requiero mi capacidad de percepción, y si comienzo a ser atendido y cuidado la atracción comienza a desvanecerse, el cuidado y el afecto tienen un límite en el deseo, si es traspasado comienza a ser antierótico. La correspondencia es el movimiento natural del amor pero es el camino inverso del deseo. Por eso la mayoría de veces lo que anhelamos de la pareja durante el día, es lo contrario que deseamos al llegar la noche.

Photo by Rafael Díaz Pineda

Además el amor viene con desinterés en la entrega y, de nuevo, el deseo viene con una cierta cantidad de egoísmo en el mejor sentido de la palabra: la capacidad de permanecer conectado con uno mismo en presencia de otro. Para el amor, la capacidad de permanecer conectado con el otro en presencia de uno mismo. Si el deseo se retroalimenta de la tensión y la polaridad que genera la fricción de la energía complementaria femenina/masculina, el amor anhela la fusión donde la interdependencia nos da el sentimiento y la percepción de unidad.

La responsabilidad del amor y la aventura del deseo (que no siente más compromiso que el de complacerse) desequilibran permanentemente el fulcro de la balanza. Sin embargo, una pareja que alimenta el amor sin desatender su erotismo, entiende que la pasión crece y decrece. Cumple ciclos que ya no perturban la integridad de la pareja, porque cuidan tanto su conciencia como la energía que intercambian. A veces permiten que el movimiento de la relación (como una tercera entidad que los dirige) los lleve a una crisis donde apenas pueden conocer el paso siguiente. Pero tienen confianza en algo mayor porque saben cómo resucitar. Reunirán sus recursos energéticos para recuperar el deseo que se ha ido despolarizando con el tiempo y la cercanía. Pero saben cómo traerlo de vuelta porque han desmontado el gran mito de la espontaneidad, que es que con amor basta para crecer y sentir deseo por nuestra pareja de forma permanente. Que la pasión nos cogerá insospechadamente mientras lavamos los platos o al llegar a casa, impacientes,  después de estar separados toda la jornada de trabajo, como sucedía al principio.

Una pareja consciente recorre el río de la vida, alternando su atención entre las orillas del amor y el deseo, nutriéndolos  a la vez con enfoque y con presencia.