Nunca es tarde para tener una infancia feliz

Saber lo que me sucedió en mi infancia me ha ayudado a saber lo que puede estar sucediendo en mis relaciones actuales. La infancia está oculta detrás de la tristeza y la alegría de nuestros días. En la búsqueda del abrazo nocturno, de la mirada al amanecer del nuevo día. Y cuando el día no es nuevo, es posible que sea porque la mirada está dirigida aún hacia la infancia.

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No son, en ningún caso, nuestros sentimientos los que constituyen un peligro para nosotros mismos y para nuestras relaciones, sino mas bien el hecho de que por miedo nos hayamos desconectados de ellos.

No era el niño que fui el culpable de lo que hicieron mis padres conmigo, y si mis padres fueron culpables de no ver al niño que yo era, también lo fueron de entregarme la vida y de ofrecerme todo lo que ellos son. Ahora, sin embargo, yo soy responsable de ver mi dolor, mi miedo y mi negación de ellos. Ver que mis padres actuaron desde su propio dolor y miedo me permite buscar una mayor coherencia con lo que siento, sin pretender ninguna lealtad a su sufrimiento. Ahora puedo comprender que cuando yo no me siento merecedor del amor, estoy enfadado con mis padres. Y si estoy enfadado con ellos, estoy enfadado con la vida, puesto que de ellos la he tomado, y a través de ellos ha llegado a mi. Crecer significa dejar de culpar a los padres.

Mientras haya un reproche a nuestros padres y aún esperemos algo de ellos no podremos tomar lo próximo, y lo que sí han dado.

Porque si tomáramos a nuestros padres tal como son,  sentiríamos que es tanto lo recibido, que no quedaría lugar para un reproche. Nuestras expectativas ante los padres impiden la acción y también la sanación de las heridas vividas con ellos. Miramos a los padres en lugar de mirar la vida. De ese modo nos volvemos incapaces de actuar, de abrirnos a nuestra pareja, y de estar disponibles para nuestros hijos.

Es sano tener dificultades en la infancia. Es sano tener unos padres imperfectos. No es sano quedarse atrapado en algún resentimiento contra ellos, por lo que no supieron o pudieron darnos.

La actitud esencial ante los padres no es emocional, es una actitud existencial. Es necesario poder decirles internamente, de corazón:

“Vosotros me habéis traído al mundo.
Con toda vuestra imperfección, habéis sido capaces de lo más grande: Darme la vida.
Gracias por la vida, gracias por ser mis padres.
Vosotros sois los grandes, yo el/la pequeñ@.
Lo que me falte haré por encontrarlo o realizarlo yo mism@.”

Jonàs Gnana