¿Tu hijo es egoísta? Haz este experimento mental antes de juzgarlo.

Herramientas y reflexiones de Susana Fernández sobre pedagogía familiar, educación emocional y crianza. Recursos prácticos para crecer en familia.


En mis años acompañando a familias, hay una escena que se repite constantemente: padres angustiados porque su hijo de dos años no quiere prestar sus juguetes en el parque. '¿Será egoísta?', me preguntan preocupados.

La realidad es que a menudo exigimos a nuestros hijos comportamientos que nosotros, como adultos, jamás aceptaríamos. El concepto de 'compartir' es uno de los más malinterpretados en la crianza. Déjame contarte una historia para que entiendas cómo se siente realmente tu hijo.

Usted acaba de aparcar ese coche nuevo del que tan orgulloso se siente. Mientras le saca brillo a una pequeña mancha que acaba de descubrir en el capó, se le acerca un señor:

Deme su coche —le dice, haciendo el gesto de ir a quitarle las llaves de la mano.

—¿Perdón? —dice usted, algo sorprendido.

—Que quiero su coche.

—Señor, yo a usted no le conozco de nada —le contesta usted, apretando las llaves fuertemente en su mano.

En esas, aparece su mujer y le pregunta qué está pasando. Usted le explica, con enorme incredulidad, que ese señor le está pidiendo (casi exigiendo) las llaves del coche.

—¿Y por qué no se las dejas? —le pregunta su mujer.

Usted mira a su mujer absolutamente perplejo.

—Cariño, es que no conozco a este hombre de nada. ¿Por qué iba a dejarle mis llaves?

—Porque hay que compartir. Mira su carita… ¿no ves qué triste está porque no le quieres dejar tu coche?

—¿Pero por qué se lo iba a dejar? ¡Es mío y yo no conozco a este señor de nada! —grita usted, incapaz de entender por qué su mujer se pone de parte de un señor al que no conoce.

—Si tú no le dejas tu coche, este señor otro día no querrá ir contigo a tomar unas copas.

Usted no lo dice, pero piensa que eso le importa una mierda. Usted no tiene puñeteras ganas de tomarse unas copas con alguien que le puede robar el coche en cualquier momento. Pero su mujer le lee el pensamiento:

—¡No puedo creer que mi marido sea un hombre tan egoísta! ¡No me gusta nada tu actitud! Dale las llaves ahora mismo: ¡tienes que aprender a compartir!

Finalmente, usted accede a dejarle las llaves. Le aterroriza más la idea de tener que aguantar el enojo de su mujer que quedarse sin el coche.

Al ver que el señor se aleja con sus llaves y con su coche, usted no puede contener más la rabia y explota en un gran llanto, dando una pataleta terrible en medio de la calle.

—Se acabó: eres un hombre muy egoísta. No me gusta tener un marido tan egoísta. Esta noche no hay postre. Y a dormir… ¡al sofá!

¿Absurdo, verdad?

Pues esto es exactamente lo que siente tu hijo cuando le obligas a prestar su juguete favorito en el parque a un niño que apenas conoce.

Para nosotros es solo un juguete. Para él, en ese momento, es su posesión más valiosa, su seguridad, su “coche nuevo”.

Pero entonces, ¿qué hago en el parque?

Entiendo tu preocupación: "Vale, no quiero forzarle... pero ¿qué le digo cuando otro niño se acerca y todos me miran?"

La clave está en validar el miedo real de tu hijo: el terror a que su juguete desaparezca para siempre.

Paso 1: Humanizar el momento

Antes de nada, pregunta el nombre al otro niño.

"Hola, ¿cómo te llamas?"

Aunque no conteste, tu hijo está aprendiendo algo importante: ese "intruso" no es una amenaza anónima, es una persona. Tiene nombre. Ya no es "un niño que me quiere robar", es "Mateo".

Paso 2: Validar y dar seguridad

Dile a tu hijo: "Cariño, el juguete es tuyo y Mateo no te lo quiere quitar, no se lo va a llevar. Solo quiere jugar un poquito, pero es tuyo. Si no quieres dejárselo, no tienes que hacerlo."

Con estas palabras le das tres cosas fundamentales:

  • Seguridad: "No desaparecerá"

  • Propiedad: "Es tuyo"

  • Autonomía: "Tú decides"


Paso 3: La técnica de la "cámara lenta"

Aquí viene la magia: sin prisas, con pequeños silencios, dejando espacio. Una vez que tu hija sabe que no está obligada, puedes ofrecerle opciones concretas con preguntas cerradas:

"¿Se lo dejas un momento pero tiene que jugar aquí a tu lado, vale?"

Espera. Respira. No rellenes el silencio. Dale tiempo para pensarlo.

En mi experiencia con mis hijas, cuando quitamos la presión y ofrecemos condiciones de seguridad (jugar al lado, no llevárselo lejos), muchas veces hacen un discreto "sí" con la cabeza. Ese es el momento:

"Marta te lo deja, pero tienes que jugar aquí al ladito, ¿te parece?"

Paso 4: El refuerzo positivo (si decide compartir)

Si accede, no lo dejes pasar. Observa la escena y, con una sonrisa, susúrrale:

"¿Has visto qué contento se ha puesto Mateo?"

No le dices "qué buena eres" (juicio), le enseñas el impacto natural de su generosidad (consecuencia). Ella ve que su acción crea alegría, y eso es mucho más potente que cualquier "muy bien".

¿Y si dice que no?

Entonces dile al otro niño: "Marta tiene miedo de quedarse sin su juguete, por eso no te lo deja ahora."

Esto es educación emocional en tiempo real: le enseñas empatía al otro niño, le explicas que no es rechazo personal, y modelas para tu hija que sus emociones son válidas y merecen ser respetadas.

¿Y si soy yo quien me siento incómodo?

Ese es tu trabajo interno. El juicio de otros padres no puede estar por encima del bienestar emocional de tu hijo. Recuerda: nadie te pediría las llaves de tu coche nuevo sin conoceros.


El resultado a largo plazo

Cuando un niño siente que sus posesiones están seguras y sus decisiones son respetadas, la generosidad emerge de forma natural. No porque "toca", no porque "si no eres malo", sino porque ha aprendido que compartir no significa perder.

Dale tiempo. Respeta su "no". Valida su miedo.

Te aseguro que el día que comparta por decisión propia, sentirás que valió la pena cada mirada incómoda en el parque.

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