Conflictos en la pareja

Según el modelo sistémico la pareja puede tener diferentes tipos de conflictos relacionales, que se pueden dividir en 3:

Conflicto 1: Desajustes en la organización de la convivenciaLa mayoría de las parejas han podido presentarlos en algún momento de su relación, aunque es en el inicio de la convivencia cuando suelen detectarse con mayor relevancia. Son conflictos generalmente explícitos y pueden ser definidos como problema por parte de al menos uno de los cónyuges. Cuando se prolongan en el tiempo acostumbran a reflejar el fracaso de los mecanismos de afrontamiento en tanto la pareja no ha encontrado la manera de propiciar un ajuste adecuado. Se centran en la dificultad para ajustar rutinas en cuanto a la organización de los aspectos pragmáticos, como por ejemplo, desacuerdos en las tareas domésticas, en el ocio, en el ámbito laboral, en los hijos, entre otros (Campo & Linares, 2002).

Conflicto 2: Diferencias en la comunicación y resolución de conflictos

En muchas parejas la mayor dificultad que presentan se basa en una comunicación disfuncional. Las parejas a veces pueden tener conflictos para articular bien los canales verbales y gestuales o por no ser capaces de expresar las necesidades propias. En algunas parejas en cambio, la mayor dificultad se centra en el modo en el cual resuelven los conflictos. Según Gottman (1994) no existe un único modo para
resolver los conflictos y existen tres estilos diferentes, los cuales son:
1. Estilo convalidante: se enfatiza la comunicación verbal como mecanismo prevalente para convencer al otro
2. Estilo explosivo: se caracteriza por la utilización principal de las emociones como medio de expresión del malestar y mecanismo para persuadir al otro
3. Estilo de evitación: predomina la tendencia a minimizar los conflictos y la expectativa de que si no se explicitan es más fácil que con el tiempo se resuelvan solos.

También es interesante conocer cómo se acaban las peleas y qué acostumbra a hacer la pareja para reconciliarse. En ese aspecto es importante valorar si la conducta sintomática de un u otro cónyuge está actuando como mecanismo disfuncional de regulación. Uno de los aspectos determinantes que ha de poder ser evaluado por el terapeuta, ya que condiciona el pronóstico de la terapia, es si está presente el rencor en
la vida de la pareja. Cuando es así, acostumbra a ser el resultado de un largo proceso de acumulación de agravios o de un enfrentamiento intenso pero insuficientemente elaborado (Campo, 2007).

Conflicto 3: Desacuerdos respecto a la definición de la relación
Hace referencia a los desacuerdos que afectan a los aspectos más básicos de la relación, aquellos que conectan con las diferentes expectativas de lo que para cada miembro significa ser una pareja. La conducta sintomática muy a menudo enmascara este tipo de desacuerdos que acostumbran a no ser explícitos ni conscientes en la mayoría de ocasiones. Como ya hemos apuntado, Sager (2009) señala que cada cónyuge aporta un contrato no escrito, un conjunto de expectativas y promesas conscientes e inconscientes. Este contrato operativo de interacción posee características exclusivas para cada pareja y varía a medida que los cónyuges reciben el influjo de diversas fuerzas tanto internas como externas. El problema surge cuando ambos miembros de la pareja tienen un contrato diferente respecto a los aspectos básicos de la relación o la evolución divergente e incompatible de sus necesidades lo convierten en inviable.

Según Campo y Linares (2002) se clasifican los distintos desacuerdos básicos respecto a la definición de la relación en base a tres pilares básicos, los cuales son:

El vínculo afectivo
El tipo de vinculación afectiva que desean establecer entre sí los miembros de una pareja, es una de las áreas más básicas en las que los cónyuges han de llegar a acuerdos. El tipo de vinculación afectiva está mediada por los aprendizajes sobre los afectos que cada cónyuge haya podido tener en base a sus experiencias relacionales previas. Tres aspectos pueden diferenciar entre sí a los cónyuges y condicionar las expectativas respecto al tipo de relación deseada: la cercanía y distancia emocional, el establecimiento de una relación total o parcial y la fidelidad respecto a terceros.

La jerarquía interna en cuanto al manejo del poder
El tipo de jerarquía interna respecto al poder propuesta por cada cónyuge, puede resultar una importante fuente de desacuerdos. Entender las relaciones en torno al poder, permite diferenciar a las parejas según predomine un patrón simétrico o un patrón complementario. Existen dos tipos de patrones disfuncionales respecto al poder, los cuales pueden generar desacuerdos en la pareja: la ausencia de alternancia en los
patrones de simetría y complementariedad y la polarización rígida de las expectativas en torno a la relación que desean establecer (Linares & Campo, 2000).

La jerarquía interna en cuanto al manejo del poder
El tipo de jerarquía interna respecto al poder propuesta por cada cónyuge, puede resultar una importante fuente de desacuerdos. Entender las relaciones en torno al poder, permite diferenciar a las parejas según predomine un patrón simétrico o un patrón complementario. Existen dos tipos de patrones disfuncionales respecto al poder, los cuales pueden generar desacuerdos en la pareja: la ausencia de alternancia en los
patrones de simetría y complementariedad y la polarización rígida de las expectativas en torno a la relación que desean establecer (Linares & Campo, 2000).

Los proyectos básicos que se esperan realizar tanto en el presente como en el futuro
La incorporación del futuro, en base a los proyectos en común que formulan los cónyuges, es uno de los indicadores de que la relación se consolida como pareja estable.
La primera dificultad para lograr consenso en cuanto a los proyectos básicos se suele expresar en torno al establecimiento de un compromiso de futuro.
Cuando no es posible llegar a acuerdos respecto al compromiso de futuro, esto genera conflicto, pero a la vez es difícil generar una ruptura. Ya que un miembro de la pareja ya está satisfecho con establecer una relación en términos de presente y por el contrario, el que sí tiene proyectos de futuro se ve condicionado a bloquearlos y puede acabar presentando síntomas psicopatológicos. Otro de los proyectos básicos y en los
que es necesario llegar a acuerdos, es el de la parentalidad. Los desacuerdos en torno a la parentalidad se pueden referir a la idoneidad del momento elegido para tener hijos, aunque si el desacuerdo gira en torno a la decisión de asumir o no la función parental, la viabilidad de la pareja queda más dañada.

En definitiva, queda claro que las fuentes del conflicto son múltiples y complejas. Lo que determina la funcionalidad de un conflicto es el impacto que este tiene sobre la pareja y no solamente en uno de los miembros. Se considera un conflicto funcional aquel que apoya las metas de la pareja y mejora su desempeño en la misma.

El conflicto es constructivo cuando mejora la calidad de las decisiones, estimula la creatividad y la innovación, alienta el interés y fomenta un ambiente de auto evaluación y cambio

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