DIAGNÓSTICO RELACIONAL DE LOS DESÓRDENES FAMILIARES (Modelo Terapia Familiar según Dr. Juan Luis Linares)

Diagnóstico relacional

MODELO DESARROLLADO POR EL DR. JUAN LUIS LINARES

Director Escuela Terapia Familiar del Hospital de Sant Pau, Barcelona

(Terapia Familiar Ultramoderna. Ed. Herder)

 

Enfocarnos en la atmósfera relacional de la familia, pasa por prestar atención a dos dimensiones fundamentales: la conyugalidad y la parentalidad.

Se trata de dos funciones relativamente independientes entre sí, que se comportan de forma autónoma aunque pueden influirse recíprocamente.

La conyugalidad es la suma de diversas variables de relación y comunicación que refleja la manera en que la pareja parental se relacionan entre sí.

Puesto que los conflictos son inevitables, la conyugalidad puede ser definida como la manera en que se afrontan y resuelven las dificultades dentro de la pareja, que tendría un polo positivo y otro negativo: armonía y disarmonía. Esto es independiente del hecho que la pareja esté junta o separada, puesto que aun en el caso de que estén separados, la pareja tendrá que seguir en contacto, colaborando por el bienestar de los hijos. La conyugalidad, incluso permanece en el caso de la ausencia de uno de los padres o cuidadores. 

La parentalidad es una ecuación que recoge la práctica de las funciones parentales (amor complejo, nutrición relacional) por parte de los padres o tutores.

La parentalidad puede estar conservada o deteriorada, sin que en ello intervenga de forma directa el estado de la conyugalidad, aunque por supuesto puede verse afectada por influencia de esta.

El cruce de estas dos dimensiones, conyugalidad y parentalidad, crea cuatro espacios o cuadrantes, correspondientes a otras tantas atmósferas relacionales definidas por ellas. La tercera dimensión, «t», corresponde al tiempo, y se representa para indicar que este esquema dista de ser estático y que puede evolucionar a lo largo de las etapas del ciclo vital. 

  1. El cuadrante inferior derecho, definido por una conyugalidad disarmónica y una parentalidad primariamente preservada, construye las triangulaciones.

Es previsible que, ante una dificultad considerable para resolver sus conflictos, los padres tienden a buscar aliados que de una u otra forma, inclinen la balanza de un lado. Se puede recurrir a familiares, amigos o incluso terapeutas (¡tantas terapias individuales fracasan porque las expectativas de conseguir un aliado «contra el otro» no se ven oportunamente reformuladas por el terapeuta!), y no es de extrañar que también se involucre a los hijos. Desde luego que la disfuncionalidad puede ser evitada, tanto si los padres mantienen sus dificultades de pareja «fuera del alcance de los hijos».

Se trata de situaciones en las que los padres se muestran de entrada implicados en el bienestar y la salud de sus hijos, pero son incapaces de controlar el impacto negativo de la disarmonía conyugal. Es muy frecuente, que los padres triangulados envíen a los hijos mensajes directos o indirectos del tipo «vente a mi lado, yo te daré más», o bien «si no vienes de mi parte, atente a las consecuencias, o me estás abandonando o estás en contra mio». En definitiva, propuestas de alianza basadas indistintamente en recompensas positivas o negativas. Mensajes no verbales incluidos, un suspiro o una subida de cejas pueden constituir mensajes poderosísimos. 

  1. En el cuadrante superior izquierdo, definido por una conyugalidad armoniosa y una parentalidad primariamente deteriorada, se ubican las deprivaciones.

Se trata de una combinación menos habitual que las triangulaciones, que suele pasar desapercibida muchas veces a los profesionales sin mucha experiencia, quienes a veces buscan alta conflictividad conyugal tras los problemas de los hijos. Y no necesariamente es así, porque los hijos pueden ser deprivados de nutrición relacional por unos padres razonablemente bien avenidos, que sin embargo, fracasan en el ejercicio de las funciones parentales. No es que los padres busquen a propósito la desgracia de sus hijos.

Muchas veces se trata más bien de personas atrapadas en situaciones que por sus dificultades que sobrepasan su capacidad de cuidar a sus hijos.

Tales dificultades pueden expresarse en altos niveles de exigencia, desmesurada respecto de las posibilidades de los hijos (o, mejor, del hijo, porque suele tratarse de pautas personalizadas), y no compensada por una valorización proporcional de los esfuerzos que el hijo realiza. La personalidad que se ha construido en ese ambiente relacional incorporará también una alta autoexigencia, que al verse inevitablemente frustrada, se reconvertirá en baja autoestima y culpabilidad. Y en el fondo, además, aparece una hostilidad hacia la situación que se percibe como injusta y contra la cual no es posible rebelarse.

Otra pauta relacional deprivadora se expresa en una combinación de rechazo e hiperprotección. El hijo no tiene un reconocimiento y un afecto real,  pero al mismo tiempo, recibe de ellos un exceso de mimos con los que intentan neutralizar sus sentimientos de culpabilidad o simplemente, acallar las demandas de auténtica valoración y afecto. Su personalidad se resentirá de una profunda desconfianza en las relaciones interpersonales, que percibe como engañosas, y de una carencia de normatividad que dañará su capacidad de adaptación social.

  1. Por último, las caotizaciones ocupan el cuadrante inferior izquierdo, caracterizado por unas condiciones relacionales de base sumamente deficitarias: conyugalidad disarmónica y parentalidad primariamente deteriorada.

Tanto la relación de pareja como las funciones parentales están en bajo mínimos o hacen crisis fácilmente, estableciendo una situación de graves carencias en la nutrición relacional. Tanto es así que, si esas condiciones se mantienen, la personalidad desarrollada bajo su influencia será de las más conflictivas, ya que sufrirá de una gran carencia de experiencias de amor. Por fortuna, los ecosistemas imponen la aparición de mecanismos compensatorios, tanto internos como externos a la familia, que despertados por la desnutrición relacional, ofrecen recursos nutricios alternativos: padres que en momentos cruciales sacan fuerzas de flaqueza, abuelos o tíos oportunos, vecinos caritativos o instituciones sociales capaces de intervenir de forma adecuada a las necesidades. 

Triangulaciones, deprivaciones y caotizaciones son las tres grandes variedades de maltrato psicológico. Pudiendo llegara a ocasionar el desarrollo de los trastornos psicopatológicos.

Jonàs Gnana

 

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