Cuando uno quiere realizar un proceso terapéutico es importante escoger bien a quien se va a abrir, a permitir explorar, y guiar hacia el orden y el equilibrio en sus relación consigo mismo y con los demás. Después de todo, uno está exponiendo sus heridas y su duelos para que sean sanados.

Es importante que el terapeuta conozca sus límites, qué es lo que puede recibir del paciente, qué puede dar de sí mismo, cuáles son los Órdenes de la Ayuda (que explicaré en otro video), y que haya desarrollado ciertas aptitudes y características de una buena Actitud Terapéutica (que también hablaré en otro video), para poder construir una Alianza Terapéutica basada en una confianza mutua, que nos ayude a restaurar el vínculo con la vida, que refuerce el apego seguro con las personas cercanas con las que compartimos la intimidad, que nos haga recuperar la creatividad al abrirnos desde esta confianza,

En mi caso, en la primera consulta siempre exploro la alianza terapéutica y miro si va a ser posible trabajar con el paciente de un modo creativo facilitando su resiliencia. A partir de aqui genero un pacto a revisar periodicamente, para que esta Alianza Terapéutica siempre dentro de lo posible, se este nutriendo conscientemente.

A veces un terapeuta puede sentir que el tema a tratar es susceptible de tocar asuntos no resueltos en él, o que ciertos aspectos del paciente le sobrepasan: su carácter, o alguna característica de un trauma o circunstancias que le impiden mirarlo desde un lugar compasivo. En este sentido no hay mayor valor que el respeto y la honestidad para desarrollar una terapia coherente y eficaz. Si no puedo respetar totalmente el proceso – su ritmo- y la identidad del paciente, no debe trabajar de ningún modo. Podemos derivar al paciente a otro profesional, o decirle simplemente que no podemos trabajar con esta persona.

Para poder reconocer esto es indispensable que el terapeuta o el facilitador del crecimiento profesional (coach, profesor, facilitador de una técnica terapéutica) tenga la honestidad para reconocer su límite o incapacidad.

Existe la idea extendida, que un terapeuta debe haber resuelto todos los asuntos de su infancia, tener un inconsciente impecable y haber sanado todos sus vínculos familiares. Pero lo que nos permite la ayuda no es alguien en un lugar de perfección, sino el reflejo de alguien que desde su honestidad y corazón puede estar al lado nuestro acompañandonos en los pasos que por nuestra cuenta tendríamos miedo de hacer solos.

¡Por supuesto hay unos mínimos para poder acompañar! Y por ello es necesario que el terapeuta mismo haya estado expuesto a su propia vulnerabilidad y revise con honestidad sus vínculos familiares y el daño que haya podido haber en su infancia. Al fin y al cabo, uno puede acompañar hasta dónde haya logrado ver de sí mismo. Por eso es indispensable que el terapeuta o el profesional socioeducativo haga supervisión, y periodicamente pueda realizar un trabajo terapéutico (que no necesariamente una terapia).

Un terapeuta, al cual un paciente le pide ayuda, entra en ese momento en el campo sistémico de la familia, pero en el último lugar: no es el protagonista, y trata todo con sumo respeto. No pretende imponer, ni considera sus ideas más importantes que el respeto al propio proceso de cada cliente. Cada intento por su parte de ubicarse por encima de otro miembro de la familia está condenado al fracaso.

Sobre todo cuando quiere ser para el cliente, un mejor padre o una mejor madre. O cuando el terapeuta no respeta el destino del cliente o cuando se considera mejor que él al juzgarlo de algún modo. O por ejemplo, cuando para una pareja, el terapeuta quiere ser el hombre más comprensivo o la mujer más atenta. Con esto surge una relación triangulada que excluye a un miembro de la pareja. En lugar de juntar a la pareja, los separa.

Algunos terapeutas se vuelven muy directivos o desarrollan un estilo muy confrontador, haciendo de esta estrategia un modo de operar sistemático, fuera de toda creatividad y receptividad a lo que necesita el paciente en ese momento. Esto sucede sobre todo cuando para el profesional es más importante su enfoque terapéutico, su marco teórico o sus conceptos filosóficos, que reconocer qué necesita el paciente en ese momento. Es decir mira más sus ideas, o considera más importante hacer o correcto, que lo necesario para el paciente.

He oído muchas veces como algún profesional del ámbito socioeducativo o terapéutico, comenta: “es que no escuchar la verdad, por eso no mejora”, o “claro, ha dejado de venir por sus resistencias”, o se emite alguna opinión criticando a la familia o a la persona, por no poder asumir unas ciertas directrices o ideas. En esta posición no se se está ofreciendo ninguna ayuda real. El profesional se considera mejor y es más importante para él tener la razón, que el acompañamiento en sí mismo, curiosamente porque se valora más el objetivo o la acción que el propio proceso y ritmo del paciente o la familia.

A veces yo mismo he caído en el error de ser excesivamente directivo, dándome más importancia como terapeuta o a mis ideas, lo que ha interrumpido la propia luz e inteligencia del proceso sanador, dejando al cliente relegado a un segundo lugar.

De ahí que desde mi visión, un terapeuta sólo puede ayudar cuando respeta a los padres del paciente, así como el terapeuta puede, quiere y respeta a sus propios padres. Cuando por encima de todo, se permite ignorar cualquier conocimiento preestablecido, antes que Ver a la persona que tiene en frente Ahora.

Jonàs Gnana

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