LÍMITES Y AUTORREGULACIÓN

Crecí en un entorno al que algunos llamarían de mucha libertad. No empecé a ir al colegio hasta los 7 años, y me ausentaba durante meses, mientras viajábamos mi madre y yo en autostop alrededor de todo el país. Eran otros tiempos, y mi madre era hippie.

A veces yo prefería cenar un vaso de leche con galletas, y que tuviéramos dinero para poder ir al cine. Mi madre me lo explicaba todo, los problemas que tenía en cada momento y yo sentía que debía cuidarla y protegerla de las propias dificultades que vivíamos. Fui construyendo un sentido de responsabilidad muy grande: si tenía que quedarme días y días en casa de alguna amiga suya mientras ella resolvía sus asuntos sentimentales, yo lo hacía sin la menor queja. Portarme bien, no molestar con mis necesidades, ser comprensivo en todo, era mi forma de ayudarla.

Pero en un contexto donde los niños hemos asumido la responsabilidad que les corresponde a los padres, y nos han pedido que actuemos tomando decisiones que no deberían ser nuestras, los niños se sienten desprotegidos, no cuidados. Sienten que sus padres no están ahí sostenerlos y darle guía.

Los niños que no han podido vivir su infancia, desde el respeto y el cuidado, se comportan como adultos desconectados de sus emociones, o actúan de un modo infantil en algunos aspectos de sus relaciones.

Han desarrollado una actitud pretenciosa hacia la vida, al percibirse como alguien que gracias a esa independencia, no necesitaban a sus padres. Sino que ellos los necesitaban a ellos. Y eso nos ha dado un falso sentido de autonomía, y muchas veces un falso sentido de abundancia: Queremos dar a los demás lo que en verdad no tenemos. Porque estamos ansiosos del reconocimiento que no tuvimos en la infancia.

La dificultad de mi madre para conocer sus propios límites, le hizo desconocer cuáles eran los míos. Ella sentía, debido a la relación tortuosa con su madre, que una relación desigual entre los padres y los hijos, era una relación injusta. Pero lo cierto, es que no haya nada más injusto para un niño una relación de igualdad con sus padres no conozcan los límites que él necesita.

Porque lo límites generan un espacio de seguridad, donde los niños pueden aprender a regularse. Donde crecer con confianza en la seguridad de los padres, que están escuchando la necesidad de los hijos. Los están mirando, actualizando constantemente su percepción de ellos, porque no se trata de que sepan exactamente lo que necesitan y lo que sienten, sino que, justamente, por estar en sintonía con ellos, pueden corregir los límites, los errores de comunicación y de atención, y ayudar a que se aprendan a regular emocionalmente.

¿Te imaginas un niño llorando desconsoladamente, porque no le han comprado un juguete en la tienda, o porque se le ha caído el helado, y no se le atiende porque se considera que llora por capricho? La contención emocional que le damos al abrazarlo (sin razonamientos), es la seguridad que necesita para su emocionalidad desbordada, es un límite que le ofrecemos para que pueda regularse.  El niño toma nuestro limite a su emocionalidad, a su actitud o a su comportamiento, como un espacio de confianza donde puede explorarse sin perderse.

La dificultad que tienen los niños para pasar de la actividad y la excitación a la calma y la tranquilidad, tiene que ver con la autorregulación que se ha generado a través de los límites que han sabido poner  los padres.

Los límites construyen un orden, y el orden confianza y salud. Así, por ejemplo, un árbol se desarrolla siguiendo un determinado orden. Si se sale de este orden pierde la capacidad para crecer. Todos hemos visto, padres que actúan como hijos, y niños que actúan como padres. Y después, personas que buscan una madre o un padre en la pareja.

Los niños que hemos crecido en una relación con un trasfondo de exigencia, aunque haya sido la exigencia de un exceso de libertad como en mi caso, hemos tenido que madurar antes de tiempo. Y nos hemos creído orgullosos de eso, aún sintiendo que estábamos rotos.

Los niños forzados a madurar, parecen gestionar bien las emociones, pero no lo hacen, las reprimen o las racionalizan. La pretensión al ser tan racionales se expresa teniendo respuesta para todo, porque sobre todo, quieren tener la razón. Sus hilos argumentales pueden ser excelentes, pero están vacíos.

Muchos hijos sin límites no respetan a unos padres, que no han podido reconocer sus necesidades y sus sentimientos. Quien no se ha sentido visto, no puede ver. ¿Qué significa, no respetar a los padres? Creerse mejor que ellos. 

Construir una verdadera autonomía para un niño, requiere del apego seguro. Requiere de saber poner límites. Implica  la confianza de la presencia y actitud de los padres. De unos padres que reconocen las necesidades, capacidades y contexto de cada hijos, dándoles voz, porque están en sintonía con lo que necesitan y sienten.

Muchas personas se encuentran en un conflicto con poner límites a sus hijos, porque se creen que tiene que ver con ser autoritarios, o tener muchas  normas de relación o educación. Sin embargo, un límite que se impone sin considerar los sentimientos, las características de nuestro hijos y el contexto de la relación, es simplemente una norma vacía, que sólo hay que obedecerla por las consecuencias o el castigo. Pero cuando obligamos a obedecer a los niños una norma simplemente desde la autoridad o el castigo, sólo le quedan dos opciones: O someterse o rebelarse. Adivina qué es lo más sano.

Por supuesto, podemos preguntarles a nuestros hijos qué quieren para cenar de vez en cuando, pero no podemos darles la responsabilidad que elijan constantemente lo que quieren hacer, lo que quieren comer, que decidan cuando es la hora de dormir o volver a casa. Si quieren o no participar en una actividad doméstica o familiar.

Pero, si un hijo siente que sus necesidades o sentimientos no son prioritarios o importantes para sus padres, ¿ lo serán para él? No, pondrá los intereses de los demás o los deseos y la gratificación inmediata por encima. Se someterá a las expectativas de lo demás, o a sus impulsos. Y quien no se siente cuidado y reconocido de pequeño, no puede tener la sensación clara y diáfana de SOY SUFICIENTE. La sensación de no merecimiento está detrás de la falta de límites y autorregulación: el niño funcionará de un modo compulsivo o apático. Le faltará voluntad, y fuerza para sostener sus sentimientos. A cambio preferirá quedarse jugando con la play durante todo el día, o tomando cerveza frente a la tele hasta la madrugada sin poder levantarse para ir a estudiar o trabajar. Si no soy suficiente por mi mismo, entonces ¿qué importa lo que haga?

Tanto si dejo a un niño la libertad para que haga lo que quiera o le impongo siendo muy autoritario, sucede lo mismo: El niño se siente perdido, porque se desconecta de sí mismo. ¿Cómo establece el niño contacto con sus sentimientos y necesidades? A través de la mirada de los padres. La sensación de estar perdido de un modo destructivo (en vez de un modo constructivo) de un adolescente tiene que ver de un modo directamente proporcional, con la sintonía de sus padres con las necesidades de su infancia. ¿Recuerdas cuando tu hijo se caía al aprender a caminar, y te miraba para saber si se había hecho daño?

Confundimos fácilmente, la autonomía con la independencia.  Hacer lo que uno quiere no es ser libre, porque lo que se busca es la gratificación inmediata. Las personas que quieren ser libres a toda costa, no quieren asumir la responsabilidad de lo que son ni de lo que hacen, prefieren hacer lo a que ellos les apetece. De ahí después nuestra poca inteligencia emocional de adultos, para dedicarnos con mente y corazón a lo que queremos conseguir.

Recuerdo una vez, que mi hija me preguntó, una noche de fiesta mayor que salía con las amigas: papa, a qué hora vuelvo? Cuando quieras, me envias un mensaje y así yo sé que estás volviendo. Pero mi hija se enfadó, y me dijo: No! dime una hora, papa! Yo pude reconocer, de pronto, que estaba haciendo lo mismo que mi madre. Pretendiendo respetar su libertad, mi hija no se sentía cuidada.

A veces hacemos lo contrario, en vez de forjar la autonomía de nuestros hijos: le damos el chupete cuando necesita sentir el calor de un abrazo, le prometemos un regalo cuando llora porque está cansado: hasta que el niño se desconecta de sus necesidades y sentimientos. Le decimos: quédate aquí y no molestes. No grites, no saltes, déjame tranquilo, ve a jugar con esos niños, mientras nosotros miramos el móvil. Y después para nuestra comodidad, le preguntamos qué quiere cenar, le damos la tablet si quiere jugar con nosotros. Les damos una golosina si tienen hambre. O les dejamos hacer lo que les dé la gana porque creemos que así respetamos su libertad o porque tenemos asuntos más importantes de los que ocuparnos. El sentimiento en esos dos extremos es el mismo: desatención y desamparo.

Pronto nos quejaremos si nuestros hijos se han convertido en pequeños tiranos o en adolescentes indolentes y despreocupados. Nos enfadaremos cuando de adolescentes no empatizan con nuestros sentimientos, nos parecen rebeldes, apáticos u obsesivos.

Más allá del proceso natural de la adolescencia de encontrar su identidad por oposición, de sentirse naturalmente perdidos, nuestros hijos no deben perder el respeto por sus padres, ni dejar de reconocer lo que están sintiendo. Hambre, sueño, tristeza o enfado. ¿Dónde han perdido el respeto a los padres? Dónde han perdido el respeto por lo que necesitan, sienten y aman.

Es fácil saber si nosotros hemos no integrado bien los límites y no podemos regularnos bien en las relaciones: Si no sabemos decir que no, no sabemos decir que sí.

 

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