Nunca es tarde para tener una infancia feliz

Mirar directamente a lo que viví en mi infancia me ha ayudado a saber lo que está sucediendo en mis relaciones actuales.

Recuerdo como por muchos años estuve determinado a perdonar a mis padres por sus negligencias, por su falta de cuidado, y el dolor que sentía por aquél desamparo. Pero por más terapias que hiciera, por más comprensivo que presumiera ser, mi vida no acaba nunca de completarse. No podia sentir paz, y la busqué de las formas más extrañas.  Siempre habian temas recurrentes en la relación de pareja, donde de alguna manera siempre buscaba la madre que no tuve, y a la vez paradójicamente,  quería ser el padre que hubiera querido.

La infancia está oculta detrás de la tristeza y la alegría de nuestros días. En la búsqueda del abrazo nocturno, de la mirada al amanecer del nuevo día. Y cuando el día no es nuevo, es posible que sea porque la mirada está dirigida aún hacia la infancia.

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Muchas personas se empeñan en perdonar a sus padres por lo que les hicieron cuando eran pequeños. Otros no pueden evitar odiarlos. Pero sigue siendo lo mismo: unos reprimen su odio por pretender ser unos buenos hijos para mantener la conciencia tranquila y no revivir lo que sufrieron, otros han quedado estancados en sentimientos del pasado.

El odio y la rabia son  sentimientos fuertes, dinámicos, un signo de nuestra vitalidad. Por esta razón, si los reprimimos, lo pagamos con nuestro cuerpo. Puesto que el odio y la rabia nos hablan de nuestras heridas y de nuestras relaciones, de nuestras necesidades, de nuestros sentimientos vulnerados, debemos aprender a escucharlos y comprender el significado de su mensaje. Si lo logramos ya no lo temeremos: no será necesario reprimirlos ni proyectarlos. Si por ejemplo, no soportamos la violencia contra las mujeres, nos permitiremos reconocerla en cada uno de nuestros actos en la relación con cada mujer, y cada vez que nos sea posible, podremos reconciliarnos con todos los aspectos de la  relación con lo femenino, con cada mujer. Pero si por el contrario nos hacemos los indiferentes, nos traicionamos. Una traición alentada por la demanda tanto de la religión, como ciertas ideas naïf new age del perdón. No obstante, está ampliamente demostrado que ni los rezos ni los ejercicios de autosugestión con los «pensamientos positivos» son capaces de eliminar las necesarias reacciones del cuerpo contra las humillaciones y otras heridas de la infancia.

No son, en ningún caso, nuestros sentimientos los que constituyen un peligro para nosotros mismos y para nuestras relaciones, sino más bien el hecho de que por miedo nos hayamos desconectados de ellos.

Pero si sé lo que mis padres me infligieron por ignorancia o negligencia y puedo conscientemente sentir el dolor de la experiencia y de la relación, ya no necesitaré dirigir mi odio hacia otras personas de sustitución. Con el tiempo el odio o la rabia que siento hacia mis padres podrá atenuarse o incluso desaparecer, aunque por períodos pueda reactivarse con nuevos situaciones o nuevas experiencias. Lo que cambia es que ahora yo sé lo que me ocurre. Me conozco suficientemente bien como para identificar los sentimientos que estoy viviendo, y ya no tengo la necesidad de herir o desear matar a alguien como proyección de mi odio.

Esta rabia u odio latente, transferido, es muy peligroso y difícil de extinguir puesto que no se dirige a la persona que lo causó, sino que va cambiando permanentemente de sustitutos. Puede durar toda la vida manifestándose de diversas formas de perversión, y es un peligro contra uno mismo y las personas con las que nos relacionamos. No hace falta mirar las noticias. Hay quien las proyecta contra las mujeres por el daño que no pueden reconocer de sus propios padres, o contra los inmigrantes porque les van a quitar la seguridad que nunca tuvieron de ellos. Siempre habrá alguien a quien odiar. Nunca nos sentiremos merecedores de entregar el amor que no sentimos adentro nuestro.

Pero no era el niño que fui el culpable de lo que hicieron mis padres conmigo, y si mis padres fueron culpables de no ver al niño que yo era, también lo fueron de entregarme la vida y de ofrecerme todo lo que ellos son. Ahora, sin embargo, yo soy responsable de ver mi dolor, mi miedo, mi rabia. Ver que mis padres actuaron desde su propio dolor y miedo me permite buscar una mayor coherencia con lo que siento, sin pretender ninguna lealtad a su sufrimiento. Ahora puedo comprender que cuando yo no me siento merecedor del amor, aún estoy enfadado con mis padres. Y si estoy enfadado con ellos, estoy enfadado con la vida, puesto que de ellos la he tomado, y a través de ellos ha llegado a mi. Crecer significa dejar de culpar a los padres.

Mientras haya un reproche a nuestros padres y aún esperemos algo de ellos no podremos tomar lo próximo, y lo que sí han dado.

Porque si tomáramos a nuestros padres tal como son,  sentiríamos que es tanto lo recibido, que no quedaría lugar para un reproche. Nuestras expectativas ante los padres impiden la acción y también la sanación de las heridas vividas con ellos. Miramos a los padres en lugar de mirar la vida. De ese modo nos volvemos incapaces de actuar, de abrirnos a nuestra pareja, y de estar disponibles para nuestros hijos.

Es sano tener dificultades en la infancia. Es sano tener unos padres imperfectos. No es sano quedarse atrapado en algún resentimiento contra ellos, por lo que no supieron o pudieron darnos.

La actitud esencial ante los padres no es emocional, es una actitud existencial. Es necesario poder decirles internamente, de corazón:

“Vosotros me habéis traído al mundo.
Con toda vuestra imperfección, habéis sido capaces de lo más grande: Darme la vida.
Gracias por la vida, gracias por ser mis padres.
Vosotros sois los grandes, yo el/la pequeñ@.
Lo que me falte haré por encontrarlo o realizarlo yo mism@.”

Jonàs Gnana Añó

 

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